El día que aprendí a sentarme de nuevo
Estoy sentada en un asana que vi en un libro de yoga; es la forma que me ha resultado más cómoda. Tengo las piernas cruzadas en posición de Sukhasana, las palmas apoyadas sobre las rodillas, mirando hacia arriba. Todo va bien. Llevo un rato meditando y siento que estoy logrando fluir: más allá de historias o relatos sobre mí misma, puedo enfocarme en la respiración. Aunque… ahora que lo pienso, empiezo a sentir una tensión en la parte baja de la espalda. Hoy fue un día difícil; se siente. Respira. Todo tu cuerpo reside en tu mente; todo lo que le sucede a este cuerpo es momentáneo. Respiro y me muevo. Siento una punzada en la espalda que hace que solo pueda pensar en eso. Podría pensarse que la meditación es un ejercicio de relajación en el que el cuerpo simplemente se rinde, se comporta a la altura de la quietud y el silencio, y deja de ser, por un momento, una máquina de locomoción y dinamismo. Pero el cuerpo está en movimiento, querámoslo o no. Todos nuestros sistemas nos mantienen vivos a través de la acción precisa de la energía en cada una de sus partes. Decir, entonces, que meditar es un simple ejercicio de relajación sería una simplificación de una práctica que, por algo, cuenta con técnicas milenarias estudiadas por las civilizaciones más antiguas que conocemos. Cuando meditaba, solía llegar un momento en el que mi cuerpo empezaba a rebelarse: una incomodidad en el isquión, una presión en el coxis. Durante la meditación, la mente intenta distraerse con cualquier excusa; es lo que hace nuestra mente consciente: buscar estímulos o generar sinapsis que se convierten en pensamientos y la mantienen en constante movimiento, en una actividad sin fin, casi sisífica, propia de la mente humana. Cuando la mente percibe alguna incomodidad en el cuerpo, se aferra a esa sensación y el flujo de la atención vuelve a la tensión entre cuerpo y mente. Lo deseable sería poder construir un ambiente amable que nos permita sostener una práctica más cercana al silencio que a aquello que usualmente entendemos como actividad constante. El banco de meditación fue un regalo, y cuando me senté en él sentí que la forma en la que meditaba iba a cambiar. Puedo sentir mi columna firme y alargada, sin esfuerzo ni resistencia. Todas las reservas que aparecían cada vez que me sentaba a meditar comenzaron a disiparse: ya no pensaba en el dolor de la espalda baja, ni en la necesidad de volver a estirarme porque estaba encorvada, ni —sobre todo— en el hormigueo de las piernas, que tan fácilmente me llevaba a pensar cuánto tiempo faltaría para poder levantarme.
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